El derecho de vivir y morir en paz

En otros tiempos, era una costumbre que cuando había un conflicto en el pueblo, se reuniesen estas cuatro personas: el alcalde, el cura, el doctor y el abogado. Los tiempos pasan, pero muchas costumbres se quedan. Por eso, casos como el de Charlie Gard, el niño que atrajo la atención internacional por la lucha de sus padres para mantenerlo vivo, conectado a una máquina, mientras buscaban a toda costa una forma de salvarlo, en clara oposición a los doctores quienes declaraban que mantenerlo en esa situación era una prolongación de su sufrimiento, traen también pronunciamientos de las cuatro personas mencionadas anteriormente, pero al más alto nivel. Se pronunciaron al respecto el alcalde (Donald Trump), el cura (el papa Francisco), el doctor (Michio Hirano, el doctor en Estados Unidos que propuso su ayuda pese a que sus investigaciones estaban en fases experimentales) y el abogado (la Suprema Corte de Justicia británica).

Charlie Gard nació con una rara enfermedad conocida como síndrome de depleción del ADN mitocondrial, la cual produce debilitación de los músculos y pérdida de las habilidades motrices.  Muchas personas apoyaron a sus padres (campaña de donación que alcanzó 1.6 millones de dólares); otros, a los médicos y la Suprema Corte británica y así nació el conflicto. El bebé murió el 28 de julio del 2017 y quedaron para nosotros las mismas incógnitas sobre la decisión en cuanto la vida y la muerte. ¿Estuvieron estos doctores privándole la vida al pequeño o acortando su sufrimiento? ¿quién debe decidir el destino final de un paciente, la familia o los doctores, los jueces o el mismo paciente?

La Iglesia católica tiene una posición muy clara en la parte teórica cuando predica en su Catecismo que la eutanasia es moralmente inaceptable y que cualquier acción u omisión que provoca la muerte para suprimir el dolor constituye un homicidio. Sin embargo, esa misma posición se torna ambigua o un tanto contradictoria cuando ese mismo Catecismo deja abierta las puertas a la posibilidad de cerrar la vida a un enfermo cuando los tratamientos médicos resultan onerosos, peligrosos o extraordinarios.

Los doctores, que en su mayoría piensan más científicamente que religiosamente, ven esta situación de forma más objetiva: depende de si el paciente se salva o no con el tratamiento. Pero un avión no vuela con una sola ala ni nosotros llegamos muy lejos con un solo pie, lo cual indica que las posiciones más radicales no siempre son la mejor solución.

Los abanderados de la eutanasia, obcecados en su convicción, no pueden ver sus propios defectos que son a su vez su propia realidad y que ellos mismos se niegan a aceptar: son débiles para enfrentar el sufrimiento.  

Con tantas discrepancias, es obvio que falta mucho tiempo hasta que lleguemos a una conclusión que satisfaga a todos los grupos por igual. Tanto los doctores como los jueces deben ponerse en la posición de los otros antes de tratar de decidir sobre su suerte y lo más importante: deben incluirlos. La Iglesia debe reflexionar sobre la idea de que un apego absoluto a la vida es, de alguna u otra forma, una falta de fe también absoluta a la existencia de vida después de la muerte. Finalmente, los partidarios de la eutanasia deben entender que el hecho de que se sufra a la hora de nacer y morir no es pura coincidencia, sino más bien, un mensaje claro: el sufrimiento en la muerte es tan natural como el sufrimiento en el nacimiento. Hay que sentarse otra vez en la mesa del diálogo porque, aunque hemos avanzado mucho, todavía falta mucho más hasta que lleguemos a una solución más justa y humana. Y esa solución tenemos que buscarla sin que tengamos que esperar otro caso Charlie Gard como recordatorio.

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