Cuando la pedagogía moderna no funciona en la educación de tus hijos…

Por Eddy Montilla

Encontrar un buen método para educar a los niños siempre ha sido un dolor de cabeza y prioridad a la vez para los padres, y básicamente por dos razones: primero porque se quiere lo mejor para ellos y segundo porque trabajar y cuidarlos no es tarea fácil. Entonces, si la parte relacionada con su educación va bien, al menos se aligera la carga. De los pedagogos, sicólogos y otros expertos, siempre nos llegan algunas nuevas ideas sobre cómo educar a los hijos, algunas que nos están ayudando y otras que simplemente nos están envenenando. Y como el veneno es más fuerte que la ayuda ya ustedes saben a dónde llevar las flores.

¿Y cuál es el veneno? Estamos cayendo en una especie de debilitamiento emocional sobre cómo educar a los niños, especialmente en la casa. Mis padres tuvieron 7 hijos y los criaron con gran amor familiar, pero bajo las normas del respeto y autoridad. Pero el otro día, al preguntarle a una chica boliviana sobre su bebé, me respondió: “Ahí está, y es el primero y el único que voy a tener porque es… ¡demasiado trabajo criar a un niño!” No se formen juicios todavía, pues este ejemplo es solo un aperitivo, así que dejen espacio en su estómago para el plato fuerte:

Hace dos días me dice una madre en Japón que su hija no puede levantarse de la cama e ir a la escuela, pero que el problema no es su salud física. “Es una enfermedad que hay ahora y algunos niños no pueden levantarse para ir a la escuela”. Me dijo. Lo que puedo ver aquí es que la situación sobre la educación infantil se ha tornado crítica, pues el problema se ha vuelto internacional. Y su caso me hizo recordar a mi abuela, cuando supo que mi hermano mayor llevaba dos días de ausencia en la escuela porque no podía levantarse de la cama para ir a estudiar (usando el recurso literario de la ironía: cualquier parecido a esa “nueva enfermedad” es… ¡pura coincidencia!)

La solución de mi abuela para el problema de mi hermano fue tan simple y natural como la vida misma. Fue a nuestra habitación, yo cerré los ojos y sin usar otra cosa que sus manos, le dio a mi hermano un par de manotazos en las nalgas, la misma cantidad en el vientre y después le dijo: “como no puedes acostarte ahora ni boca arriba ni boca abajo, es seguro que vas a poder irte derecho a la escuela ahora mismo, mi querido Frank”. Esas cuatro manotadas no mataron a mi hermano, ni le dejaron cicatrices ni pusieron en peligro su vida. Solo hicieron una sola cosa: obligarlo a cumplir con su deber de niño, el deber de estudiar, y gracias a esto, ese niño, convertido hoy en un padre de familia, tiene un puesto gerencial en una empresa. Y como las historias se difunden rápidamente en los pueblos, cada vez que un niño no quería ir a la escuela, su madre le decía que iba a llevarlo donde la abuela de la esquina, con lo que el problema quedaba resuelto y el niño se iba directo a estudiar sin rechistar. Esas manotadas se hicieron célebres y ayudaron a muchos niños más en mi pueblo.

No estoy defendiendo el castigo corporal, pero sí defiendo la idea del castigo en otras posibles formas (sin ver la tele, sin postre, etc.) porque el castigo per se es vital para enseñarle al niño cómo afrontar la vida. El castigo lo aleja de las conductas indeseables, le enseña que se paga un precio por los errores y con esto, el niño aprende a crear mecanismos de prevención para no cometerlos. Y en el peor de los casos, un par de manotazos (¡más suaves que los de mi abuela!) no matan a nadie, pero sí ponen a un niño en el camino del entendimiento. Pero estas ideas están desfasadas, según los pedagogos del momento y no tienen cabida dentro de la educación infantil actual. ¡Bravo! ¿Y qué hemos conseguido con todo eso? Niños manipulando a sus padres, amenazándolos con llamar a la policía si son “tocados” (EE. UU.), niños que ni siquiera pueden ver la simple foto de un insecto en la portada de un cuaderno o en su libro de ciencias porque sienten repugnancia (Japón) y muchos otros casos más en otros países. Basados en un concepto malentendido y definido como “No queremos que nuestros hijos sufran lo que nosotros sufrimos antes”, los padres están haciendo un gran daño a sus hijos. Y en cuanto a nuestros pedagogos y educadores, hagamos honor a la verdad: con nuestra forma de educación infantil actual, lo único que estamos consiguiendo es una generación de niños mimados, mocosos y espiritualmente endebles para su desgracia y la de sus padres también.

Este artículo fue originalmente publicado en el periódico digital Mundo Y Opinión.

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