La República Dominicana: sol brillante y políticos de cera

Por Eddy Montilla

Desde la década de los sesenta, la República Dominicana ha visto a muchas personas ordenando y gobernando, pero solo ha tenido tres líderes que se pueden llamar a la vez políticos. El primero forjó su carácter con una mezcla de bondad y endeblez. Ya en los últimos años de su vida, la política dominicana se había convertido en una jungla, y en la jungla, ni los buenos ni los débiles sobreviven: así murió José Francisco Peña Gómez. El segundo, fue un gran teórico y visionario, muy a la vanguardia de sus contemporáneos. Por eso, fue malentendido, menospreciado y hasta subestimado. Me refiero al profesor Juan Bosch. Y el tercero era el más pragmático de los tres, lo cual explica por qué excedió en poder a los otros dos. Pero el poder sin límites y en demasía termina corrompiendo hasta a los más incólumes. Eso sucedió con Joaquín Balaguer quien pasó de disfrazado servidor de dictador en la era de Trujillo a convertirse en dictador disfrazado.

Lo que resulta contrastante de estos tres políticos en comparación con la generación que los sucedió es el desapego por lo material que ellos tuvieron. Peña Gómez y Bosch podrían ser muy bien tildados de caudillos; Balaguer, de pichón de dictador, pero no creo que puedan ser juzgados como desfalcadores del erario para provecho económico personal. Hoy, cuando se escucha el clamor resonante del pueblo, hastiado de tanta corrupción ante la expresión sórdida de sus gobernantes, hay que preguntarse: ¿dónde se ha fallado? Cuando se ve a la gente inventando nuevas formas de protestas como el Libro Verde por el Fin de la Impunidad, la Marcha Verde y otras tantas que con otros colores seguro vendrán, hay que preguntarse: ¿por qué se ha fallado?

El más reciente de los males salidos de la caja de Pandora dominicana en términos de corrupción fue el caso Odebrecht, quizás el peor caso de corrupción internacional conocido hasta ahora entre los países latinoamericanos, no solamente por la magnitud del dinero y países involucrados, sino también por su modalidad: fiestas con mujeres para políticos como forma de agradecimiento y/o extorsión, según publica un diario español a raíz de las declaraciones ofrecidas por Rodrigo Tacla, exempleado de la compañía Odebrecht. Eso debe servir como parámetro para evaluar la generación de políticos actuales. Y que no vengan con el cuento de haber pecado por ingenuidad, pues, ¿por qué dejaría una compañía tan grande como Odebrecht su sede en Brasil para venir a instalarse en un país tan pequeño como la República Dominicana? ¿para mostrar sus lazos de hermandad? A los tontos con tonterías.

La economía dominicana ha sido floreciente por casi dos décadas y lo único que se ha conseguido con eso es “una floreciente millonada de personas viviendo en la pobreza”. La República Dominicana necesita urgentemente un cambio de generación de políticos, algo que obviamente no es tan fácil, porque los que tradicionalmente han dirigido el pueblo (desde el gobierno o fuera de este) no están dispuestos a ceder su cuota de poder por pequeña o grande que sea. Ellos son “los políticos electricistas” que conglutinan seguidores y perpetúan su autoridad mediante conexiones basadas en dádivas que quebrantan pestañas.

El país tiene que crear una nueva generación de políticos, educados y, sobre todo, libres de pobreza mental y económica para que no se repita la misma historia de siempre: que el oprimido de ayer, una vez tomadas las riendas del poder, se convierte en el opresor de mañana. Los dominicanos ya han dado un paso al frente con sus protestas contra esos políticos de cera causantes de tantos males al pueblo dominicano y que se derriten cuando les da el calor que emana de la palabra honradez. Ahora, hay que dar el segundo paso: nuevos políticos para nuevos tiempos.

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