República Dominicana: diga el país: “Adiós a las armas”, como Hemingway

Por Eddy Montilla-

En Estados Unidos, las muertes causadas por armas de fuego se han vuelto algo tan común que ya la sociedad norteamericana se ha acostumbrado a vivir con esa extraña situación como conejo y león en una misma jaula. Ni siquiera los más mortales tiroteos masivos, como el más reciente en Las Vegas donde Stephen Paddock mató a 58 personas, remueven los cimientos de la conciencia para buscar soluciones a tan trágico problema. Por el contrario, mientras mayor es la cantidad de sangre derramada, mayor es la posibilidad de que vuelvan ocurrir hechos similares porque el futuro asesino alimenta sus ansias de sangre con la idea de superar el número de víctimas de su predecesor.

Si pensamos en la frecuencia con que ocurren esas tragedias y la cantidad de personas asesinadas en la sociedad norteamericana, con el hecho de que nuestro país no esté en esas condiciones ni forme parte de la fúnebre lista de naciones en donde matar a un grupo de personas no es algo inusual podemos tener razones suficientes como para sentirnos alegres o cuando menos aliviados. Sin embargo, aunque parezca remota, no se debería cerrar los ojos a la posibilidad de que, dentro de los más de mil dominicanos que cada año son expulsados del territorio norteamericano y enviados al país o dentro de los millones que somos aquí, salga un sádico o enfermo queriendo imitar a los abominables. Pero ahora metamos el dedo en la llaga: nuestro mayor problema no es ese, sino que lo que no se hace en masa, se está haciendo a nivel individual, es decir, la suma de las muertes durante todo el año por armas de fuego arroja resultados peores.

Nosotros somos lentos en cuanto a ejecución, no por naturaleza, sino por mala costumbre, y esa lentitud nos ha costado desarrollo y muertes innecesarias. Por ejemplo, la antigua Ley 36 sobre el Comercio, Porte y la Tenencia de Armas de Fuego era tan vieja que en su tiempo de creación los centavos tenían valor y valía la pena, por tanto, inclinarse a recogerlos. Esa ley era sin duda eficaz para el momento en que fue creada, pero a medida que los sentimientos viles y el desenfreno aumentaron en la sociedad quedó obsoleta. El país necesitó más de 25 años, es decir, hoy, cuando ya ni siquiera los centavos se ven, para presentar un nuevo proyecto de ley con modificaciones en consonancia con la situación actual. Súmele a eso más de una década para que sea aprobado en el Congreso Nacional porque nuestros “heroicos guardianes de la ley” (dicho en tono irónico), los diputados y senadores, están demasiado ocupados pensando y trabajando en… su propia reelección. Durante todo ese tiempo, ¿cuántas madres perdieron a sus hijos y cuántos hijos perdieron a sus madres por armas de fuego?

Lo que pasa en cualquier parte del mundo puede pasar en todas partes de este. Si países como Japón, Corea del Sur, Reino Unido, Alemania y España están entre los que tienen el menor índice de muertes en el mundo por armas de fuego, no hay razón para que la República Dominicana no pueda encaminarse en esa misma dirección. Sabemos que lo ideal sería una sociedad dominicana sin armas, pero sabemos también que entre lo ideal y lo posible está la realidad y nuestra misma realidad nos dice que nuestro país tendrá primero que recorrer un largo trayecto antes de llegar a situaciones similares como las de los países mencionados anteriormente, pues eso requiere un mayor desarrollo económico y, sobre todo, educativo.

Actuemos en forma práctica por una sociedad dominicana sin armas. Hasta que se llegue al objetivo deseado, hay que poner más restricciones, y no solamente en cuanto a la edad de posesión y exigencia de requisitos como se ha hecho hasta ahora, sino también en cuanto al lugar de su posesión. En ese sentido, nuestra propuesta gira en torno a que se delimite la posesión de un arma a la casa donde vive el poseedor y, en caso de transporte, que este se haga en un recipiente bajo llave. Trabajemos en esa dirección para asegurarnos de que veremos a nuestros hijos crecer o de que nuestros hijos nos tendrán a su lado hasta envejecer.

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