OCDE y sus rankings de esperanza de vida basados en la muerte. ¡Qué error!

Por Eddy Montilla.

Vivir eternamente se antepone a cualquier otro deseo y, al ser humanamente imposible, nos contentamos con extender nuestra vida lo más posible. No resulta coincidencia, pues, que diferentes organizaciones internacionales, como la OCDE (países de Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos), por ejemplo, presentan siempre sus clásicos rankings internacionales de esperanza de vida, la cual es calculada tomando como parámetro su antítesis: la muerte. Esto resulta normal, pero lo normal no siempre es lo correcto, sino lo lógico y lo lógico, a nuestro juicio, debería ser que se tomara en cuenta además de la muerte, la vida misma, dicho más claramente, en qué condiciones de vida y salud física y mental están viviendo esas personas longevas.

Sin mucho temor a equivocarnos en nuestra hipótesis, me imagino a aquellos encargados de hacer esas clasificaciones recibiendo datos de países y usando un ordenador desde la comodidad de su oficina. Luego, nos dirán, por ejemplo, que Japón continúa a la cabeza en ese renglón. Ahora bien, ¿han visto esos encargados cómo y dónde viven muchos de esos japoneses longevos? Es muy probable que no.

Pienso que usted no querría ni podría entrar en un hogar de ancianos o en un hospital en Japón. Tampoco le recomiendo la experiencia porque sencillamente el escenario es absolutamente deprimente: personas postradas sin poder moverse ni hablar y gimiendo constantemente por dolor. Pasan todo o casi todo el tiempo en una cama, muchos de ellos conectados a máquinas. Como ya perdieron su habilidad motriz, son “artificialmente alimentados” a través de un tubo con la cantidad perfecta de líquido nutricional (Racol) que les permitirá mantenerse con “vida” hasta por más de una década. Al principio, algunos familiares irán a verlos una vez por semana por una hora. Después de cansarse, una vez al mes (y por menos tiempo) y luego, cada tres o seis meses, una vez al año y hay quienes solo irán el día que reciban un eufemístico mensaje informándole que es mejor venir al hospital lo más pronto posible. Al final, en las exequias, luego del crematorio, habrá un banquete, comerán, beberán y alguien dirá: “El abuelo vivió largo tiempo”.

En términos matemáticos, la anterior expresión es cierta. En términos de vida real no tiene cabida, ya que esas personas están biológicamente vivas y funcionalmente muertas. La longevidad cuando se está casi en una fase casi vegetativa es absolutamente dudosa. Ahora bien, ¿por qué ocurre eso? La razón tiene poco que ver con ideas religiosas si tomamos en cuenta que en ese país asiático las personas rezan en promedio 20 segundos más o menos, generalmente en Año Nuevo. Entonces, en su mundo práctico, lo que importa es aferrarse a la vida y, por tanto, que esa persona siga respirando. A eso hay que añadir el papel importante que juegan los negocios, puesto que gracias a cada uno de los respiros de esos abuelos, se mueven millones de yenes al día de compañías relacionadas al cuidado de ellos.

Pienso que la situación de esos longevos en Japón es parecida a la de otros países desarrollados aunque sin duda en una proporción menor, lo cual nos indica que hay que cambiar de enfoque con respecto a esas clasificaciones sobre esperanza de vida para que se ajusten a la verdadera realidad. Que no sea la edad que tenía una persona al momento de morir lo que decida solamente, sino que hay que incluir también hasta qué edad pudo esa persona realizar una función productiva y, en el peor de los casos, hasta cuándo se pudo al menos mantener algún tipo de comunicación con esa persona. De lo contrario, tal vez sería mejor vivir los 70 años de vida alegre de esas personas en Latinoamérica, por citar un ejemplo, que esos 80 y tantos años de las personas de los países ricos de OCDE con los últimos 10 años mirando el techo blanco en un hospital u hogar de ancianos o mirando por la ventana la calle que los llevará algún día al cementerio.

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